5.5.10

REGRESO A LA CASA DE GILBER

Yo he ido en más de una ocasión a la Casa de Gilber, la conocíamos, creo recordar, como la casa de Hisbert, pero no puedo asegurarlo ya que nuestro vocabulario infantil tiende a diluir las palabras hasta convertirlas en un pandemonium lingüístico.
Recuerdo haber visto sus salones imponentes y su acumulación grotesca deescombros y restos de pornografía. La visión que tengo del sótano es difusa ya que los relatos se mezclan con la imagen del recuerdo, pero para mi es clara la visión de objetos dejados por los dueños, jarrones de metal insignificantes y algunos juguetes que probablemente pertenecieron a los niños que visitaron la casa y salieron despavoridos víctimas de las macabras bromas de sus hermanos mayores.

Pero la casa Gilber no era más que uno de los hitos fantasmagóricos que se acumulaban camino de la estación de Renfe. Recuerdo que en la cima del montecito conocido como "el castillo" se erigía cual ruina medieval un pequeño edificio circular al que he subido en numerosas ocasiones para contemplar el rústico perfil paisajiístico de mi pueblo. Al norte de este solitario emplazamiento había un pequeño estanque y más allá una especie de olivares secos y granjas derruidas. Sin embargo, el edificio más impresionante era la casa enorme que se erigía en la misma llanura, tenía dos plantas y parecía más un hospital, albergue o cualquier otra cosa. Recuerdo que entre las ruinas un antiguo automóvil se oxidaba cada vez más.
Camino de la estación donde ahora se elevan residenciales y chalets había otra casa en ruinas que despertaba ciertos temores en mi permeable alma de niño. Lo que más recuerdo es aquella enorme piscina circular y unos girones fantasmales que colgaban de las vigas desgarradas del techo meciéndose con el viento.

Otro recuerdo, más personal desde luego, es el que mi tía Pilar nos infundió cuando paseábamos de su mano a la estación con la intención de ver pasar el tren, obviamente, eran otros tiempos. S trataba de un árbol que había crecido de tal forma que en el tronco se abría un hueco gigantesco rodeado de unas nudosas terminaciones cuyo aspecto terrorífico le dieron el nombre de "El Dragón".

Hay infinidad de recuerdos acerca de las leyendas a medio camino entre rurales y urbanas de todos estos lugares, crecimos en un pueblo que aún conservaba cierto aire mítico en sus rincones y por ello me considero una persona afortunada. Nosotros, gente de Valdemoro, teníamos nuestra propia cultura del horror, escenarios espectrales e inquietantes advertencias hechas para ser infringidas.

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